The King is dead
Long life the King
Me vuelvo esquizofrénico al darme cuenta de que no puedo haber visto un muñeco de fieltro andando por la casa de mis padres.Y tantos más que ya he olvidado.
Soy Cary Grant salvando a una rubia. Mientras corremos por el bosque me miro los pies.
Abofeteo a mi madre queriendo aniquilarla.
Me quedo a dormir en el piso enorme de una familia china que vive sobre la puerta de un palacio en Madrid. Tienen un piso precioso.
Deambulo por el hospital del Reino. Buscando a mi madre. No la encuentro
Soy el novio del novio de mi amiga S.
Huyendo de mi padre tras haber roto una puerta de cristal en añicos, me escondo en el antiguo trastero de mi habitación de niño yendo a parar a una cama desconocida donde para poder moverme y seguir huyendo invoco a tres deidades satánicas. Estoy aterrorizado.
Nado y buceo por las calles de Lavapiés completamente sumergidas en el agua tras una lluvia torrencial. Mi madre me espera sobre unas escaleras sobre la superficie. Está hablando con alguien.
He visto mi propio nacimiento, pero todo ha sido un montaje de mi familia para complacerme.
Alguien me abre los testículos con un bisturí, tumbado en una carretera, y con unas tijeras muy pequeñas y muy afiladas me corta los conductos deferentes. Mis testículos por dentro son de color azul. Un gato lo ha visto todo desde la rama de un árbol seco.
Soy un pez en un acuario. Veo que el agua se filtra hacia afuera por las juntas de silicona. El acuario se va a vaciar dentro de un rato y yo estoy dentro.
Mi novio ha muerto en mis brazos.
Mi madre ha muerto de nuevo. Y de nuevo no le he podido decir nada a mi madre muerta.

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(*): Es importante tener un buen canelo. Al fumar, el humo va dejando un residuo en el interior del canuto. Eso lo puedes aprovechar después desdoblando el canelo con cuidado, tras haberlo calentado un poco con el mechero para que no salte el caramelo. Esta vez te lo fumas con un rulo de papel normal y corriente. Por eso es importante tener un buen canelo. Y que te dure varias veces. Además, si mantienes el rulo entre los labios al soltar el humo, éste no sólo pasa sólo de entrada, sino que también lo hace de salida.
Ochi dolenti mie, che pur piangete,
Po che vedete
Che sol per honestà non vi contento.
Nonn à diviso la mente 'l disio
Con voi che tante lagrime versate.
Per che da voi si cela el viso pio,
Il qual privato m'a da llibertate.
Gran virtù è refrenar volontate
Per honestate,
Chè seguir donna è sofferir tormento.
Francesco Landini
¿Por qué los buenos no viven para siempre?
(Para qué me sirve la enfermedad II)
(Para qué me sirve la enfermedad I)

Por eso quiero repartirlo todo
por el carísimo vestuario
de todos esos hijos de puta que me odian,
pero me necesitan.
Lo que ellos no saben
es que yo les odio aún más.
La capacidad de odio del pobre es tan grande,
tan grande...
¿Con qué la lavaré
la flor de la mi cara?
¿Con qué la lavaré?
Que vivo mal penada.
Lávanse las casadas
con agua de limones.
Lávome yo penada
con penas y dolores.
Mi gran blancura y tez
la tengo yo gastada
¿Con qué la lavaré,
que vivo mal penada?
de Einstein on the beach (Philip Glass & Robert Wilson)
Quiero demoler mi cuerpo con la luz insoportable,
triturar mis huesos con la punta de mi lengua
ceder el paso a la muerte que me espera
y segar la vida que no llega
que no llega.
Quiero desear un clamor hacia la vida,
un llenarse de fuego y de luciérnagas el aire,
el quieto resistirse a la sonrisa,
la gracia de la vida en mi simiente
en vez del luto,
de la muerte perpetua,
en vez del llanto irrestañable.
El fruto redondo amanece espeso
en mi entraña de imbécil,
la saliva rezuma de mi centro,
espesa, llena, palpitante
de los jugos tumores que anidan
dentro,
muy adentro...
Sigo viviendo el amor (o más precisamente: el desamor) de un modo trágico y baboso. Un líquido último, un rastro de la masacre rezuma por mis labios y lo pringa todo. Me falta aire.
Me falta aire.
Ya no puedo seguir siendo quien soy y decido refugiarme en la infame oscuridad de la locura. Yo soy quien soy y además soy el que ya no es. Je est un autre o la locura de albergarme.
B. se fue por donde vino, se fue a su vida, a su lugar, se fue a su locura y yo no estoy incluído ahi dentro. Entonces: ¿por qué no puedo permanecer como antes? ¿Por qué decido permanecer en el filo de toda cordura? Deseo penetrar en él. Y permanecer ahí. Ser él. Je est un autre. Sí.
Me deshago, me diluyo contando las horas y minutos que dura su ausencia. Es lo único que sé contar, casi lo único que sé hacer. No hay escapatoria.
Me quedaré en casa, esperando a B., que nunca llegará, mientras me entretengo en tragar bolitas de cemento mientras me toco los cojones viendo las últimas fotos que he descubierto de David Nebreda.
Una vez más lo encontré,
fuimos el uno hacia el otro:
nos hallamos lúcidos, henchidos,
ávidos de vida,
pero el rastro de mi estirpe aún estaba ahí:
pecado repetido hacia la muerte,
mi llanto perpetuado hacia la fosa,
la herida en el centro de mi tumba,
procesión de mi genealogía
tritura la llorosa podredumbre
y en mi cuerpo, en el centro de
la cruda madriguera de mi entraña,
nada vive, nada mora.
…y abandonar. Abandonarlo todo de nuevo. Dejarme ir y soltarme de una vez por todas, abandonarme al flujo de este acontecer perpetuo que me hiere y me desgasta. Sin el temor de la especie, sin el maldito temor de la especie al acecho. Sin el rugir constante de la culpa. Sin el voraz apetito de la ballena a mis espaldas. Todo fuera, se acabó. Dejar que el frío me invada y sentir el sueño empapar mi carne podrida.
Soy el cadáver errante de la especie, muerto y silencioso. La paz cruel de los muertos que se hunden en la nada. Y trece orugas se deslizan sobre el vértice anudado de mi boca. El terror del vacío que se abre hacia dentro de mi cuerpo envejecido antes de tiempo. Prematura podredumbre de la carne tras el verbo.
Soy el fin masacrado de los días, el inicio de la nada, el fluir eterno de la muerte que me escupe y me devora.
Soy el cansancio infinito que transita por los codos de mis huesos cercenados.
[1]
Todo tiene su momento,
y cada cosa su tiempo bajo el cielo:
[2]
nacer tiene su tiempo,
y tiene su tiempo el morir;
plantar tiene su tiempo,
y tiene su tiempo el arrancar lo plantado.
[3]
Matar tiene su tiempo
y tiene su tiempo el sanar;
destruir tiene su tiempo,
y tiene su tiempo el edificar.
[4]
Llorar tiene su tiempo,
y tiene su tiempo el reír;
lamentarse tiene su tiempo,
y tiene su tiempo el danzar.
[5]
Lanzar piedras tiene su tiempo,
y tiene su tiempo el recogerlas;
abrazarse tiene su tiempo,
y tiene su tiempo el separarse.
[6]
Buscar tiene su tiempo,
y tiene su tiempo el perder;
guardar tiene su tiempo,
y tiene su tiempo el tirar.
[7]
Rasgar tiene su tiempo,
y tiene su tiempo el coser;
callar tiene su tiempo,
y tiene su tiempo el hablar.
[8]
Amar tiene su tiempo,
y tiene su tiempo el odiar;
la guerra tiene su tiempo,
y tiene su tiempo la paz.
Bajo tierra, el mundo se ve de otra manera. Todo va más despacio, todo es más apacible bajo tierra. El dolor, la enfermedad… Todo pesa menos y se lleva mejor. No imaginé jamás que fuera a ser así. No imaginaba que, una vez mi cuerpo descansara a dos metros y medio bajo el suelo, fuera a ser capaz de pensar con esta lucidez, este brillo. Lo que me sorprende aún es esta capacidad de verlo todo, de estar en todo. Pondré un ejemplo: el Pandereta.
El Pandereta se llama Joaquín, pero le llaman el Pandereta porque cuando se pone a recordar los viejos tiempos, siempre termina hablando del Seat Panda que tenía como si se tratara de un Hispano-Suiza. El Pandereta habla de su linaje citando a los Borgia y a Leonor de Aquitania. Recuerda las inmensas fincas que heredó de su familia en Aragón y en La Rioja, y la media docena de cortijos y caserones que tenía en Jaén. Nadie sabe lo que pasó —él nunca lo explica—, pero ahora el Pandereta no tiene nada. Bueno, sí que tiene. En vez del Seat Panda, tiene unas varices en las piernas que parecen lianas, unas varices rollizas que le revientan cada dos por tres, lo que le obliga a llevar las piernas constantemente envueltas en vendas. En ocasiones es papel. Papel higiénico. También tiene, en vez de tierras y casas en Aragón, una barba larga, enmarañada y tupida como un nido de arañas. La barba del Pandereta es un criadero de insectos. Esta mañana ha estado más de 40 minutos intentando peinarla y comiéndose algún que otro gusano o cualquier porquería con ojos, algún que otro resto seco de comida. Lo sé porque lo he visto. El Pandereta hace dos días que no prueba bocado, así que, si es comida lo que ha rescatado del nido infecto de su barba, debe de estar realmente seca.
Veo al Pandereta sentado en un poyo en el escaparate de un concesionario de la Seat. Tal vez sea la nostalgia lo que le ha llevado a elegir este lugar. El Pandereta es un romántico. Se mesa la barba y recuerda su Seat Panda. No mira al escaparate, no. Mira al frente y un poquito arriba.
Una vez miró el escaparate y, mientras contemplaba un Seat León que daba vueltas en una plataforma giratoria, se sorprendió reflejado en el cristal.
Pasaron cerca de dos horas y cuarto hasta que alguien avisó a una ambulancia. Los enfermeros estuvieron casi una hora sacándole cristales de la cara. Agarraban las pinzas con las manos enfundadas en esos guantes de látex que convierten las manos en manos mecánicas, manos de androide, y se aguantaban las náuseas como podían. El Pandereta les daba asco. Lo tendrían que haber afeitado para asegurarse de que no quedaba ni un solo cristal en su carne, pero lo dejaron así, con su nido de de bichos y el dolor de siete cristalitos pequeños y afilados repartidos entre sus dos mejillas. Por eso el Pandereta no se deja tocar la cara.
Aunque hace ya mucho tiempo que nadie le toca la cara. Hace ya mucho tiempo que nadie toca al Pandereta.
Nadie comprende al Pandereta. También es cierto que nadie hace el esfuerzo por comprenderle. Pero, creedme: bajo tierra es todo tan fácil que casi da risa. Es tan sencillo pensar al Pandereta y saber… Todo el mundo lo cree loco, estúpido, grosero. Sólo es porque va sucio y porque de su barba salen babosas y grillos a medio comer. Si hicieran el esfuerzo… De hecho —lo sé porque los veo—, cuando eran pequeños, los dos enfermeros solían cazar saltamontes y escarabajos y arañas y lagartijas, y no les daba asco. Solían quitarles las patas, arrancarles las alas, cortarles la cola, y no les daba asco. A pesar de que eran insectos. Bichos asquerosos, como los llamaban. En cambio ahora les repugna librar a un mendigo de la tortura de siete cristales cortantes incrustados en la piel. Un mendigo que va sucio porque es un mendigo. Si el Pandereta hubiera sido una bella y limpia mendiga, a los dos enfermeros no les habría dado asco quitarle las patas, le habrían arrancado las alas, le habrían cortado la cola. Le habrían quitado la ropa y le habrían penetrado el coño y el culo con sus pollas enfundadas en esos guantes que convierten las pollas en pollas mecánicas, pollas de androide. Pero las mendigas bellas y limpias no existen, también eso se sabe bajo tierra.
El Pandereta hoy está sereno. Triste, pero sereno. Piensa en su Seat Panda, piensa en Teresa, la puta del Acapulco, que de vez en cuando le arregla el precio, más por caridad que por gusto. Piensa en Bach y en la Pasión según San Mateo. El Pandereta conoce la Pasión al dedillo. Es algo que sólo él sabe. Aunque ni él mismo sabe dónde la pudo aprender. Recita el aria más hermosa, el poema que tiene en su seno todos los poemas, el llanto del género humano que llora por el género humano:
Erbarme dichMein Gott,
um meiner Zähren willen;
Schaue hier,
Herz un Auge weint vor dir
Bitterlich.
Erbarme dichMein Gott,
um meiner Zähren willen.*
Pero no levanta la voz. No. El rosario particular del Pandereta no traspasa la maraña de su barba, no se eleva en el aire como si fueran mariposas de colores. Musita los versos de Picander murmurando en voz baja, para sus babosas y sus grillos a medio comer. El Pandereta sabe que el dolor que siente es suyo y de nadie más. Es lo único de valor que tiene. Eso y la llave del Seat Panda que cuelga en su cuello con un cordel mugriento. Las dos propiedades más valiosas del Pandereta sólo tienen valor para él. Nadie creería que esa llave es cierta. Nadie creería que esos versos y esas melodías son la verdadera Matthäus Passion de Bach.
El Pandereta descubrió que sabía de memoria esa bendita música una noche en la que por poco pierde la vida. La poca vida que algunos creen que le queda. Veamos esta noche especial. En esta noche, el Pandereta duerme como puede, aterido de frío bajo un porche, a la entrada de un supermercado Dia, protegido por una caja de nevera y dos mantas bastante sucias. Se despierta porque alguien le moja la cara. Es agradable: un líquido caliente le empapa la barba y la ropa. Abre los ojos: dos chavalines, uno con chándal del ejército español de tierra, el otro con una cazadora Alfa y tejanos subidos de tiro, están de pie ante él. De sus pollas salen dos copiosos chorros de orina que impactan bellísimos, dorados, sobre la cara del Pandereta y empapan su ropa, las mantas, el cartón. Parece que el Pandereta tarda en reaccionar; bueno, no reacciona, se queda ahí, en sus cartones. En el fondo está caliente.
—¿Aún tienes frio?
Entonces ve la lata de gasolina a los pies del chavalito del chándal y todo sucede tan de prisa que no tiene tiempo ni siquiera para
Arder no es tan agradable como sentir el chorro de orina en la cara. El Pandereta y sus mantas y su caja de nevera son una bola de fuego. Le duele la piel, le duele el pelo, la barba, le duelen los ojos incendiados. Son cuchillos clavados en la piel, clavados en el pelo, en la barba, cuchillos clavados en sus ojos incendiados. Pero en vez de chillar como un puerco, el Pandereta abre la boca y entona el primer coro de la Pasión: Komt, ihr Töchter, helft mir klagen. Ha empezado a cantar por el principio y continúa. Intertpreta todos los personajes, todas las voces, el Evangelista, Jesús, Pedro, Judas, Pilato… Así hasta el fin, hasta el último gran coro que despide a Jesús en la tumba. Wir setzen un mit Tränen nieder. Su alemán es perfecto, su voz afinadísima, apenas un tenue murmullo entre las llamas que nadie oye, ni siquiera él mismo sabe que está cantando.
Al día siguiente, al abrir el súper, la chica tiene que dar parte a la dirección para que venga alguien a borrar la pintada en la persiana: CONTRA LA INMIGRACIÓN, UNIDAD NAZIONAL. Así, con esa zeta de tan lúgubres resonancias. El Pandereta ya no está. Se ha ido por su propio pie después de limpiarlo todo. Apenas quedan restos de ceniza sobre la gran mancha negra que el fuego ha dejado en el suelo. La mancha tiene la forma de una cara. Si uno se fija bien, puede distinguir unos ojos y una gran barba en esa mancha. Demasiado espeluznante: hay que limpiarla cuanto antes. Limpiarla cuanto antes. Limpiarla, eso es.
* Ten piedad de mí, / Señor, por mi dolor y mis lágrimas; / mirad aquí, / mi corazón y mis ojos lloran / amargamente. / Ten piedad de mí, / Señor, por mi dolor y mis lágrimas
Estoy situado en el filo y siento la cuchilla insistiendo en la planta de mis pies. Aún me pregunto —como si fuera a resolver algo saber la respuesta— cómo es posible, cómo mi piel se resiste a ceder a la enorme presión que ejerce el filo. Hölderlin diría "la ansiedad me devora" o algo así.
Me pregunto porqué mi madre se casó con un ciego. Mi madre gorda, mi madre fea, mi madre acomplejada.
Mi padre ciego no la ve, pero la llama gorda. Mi padre ciego, mi padre con arena en las cuencas de sus ojos. Con dos desiertos en las órbitas desnudas. Mi padre, "necesitado", definido por una carencia, por una deficiencia. Su madre le abandonó por su carencia precisamente. Mi madre acomplejada le adopta y le desea por su carencia precisamente. Mi madre enorme convierte en un valor lo que antes era basura. Mi madre se vuelve necesaria. Mi madre acomplejada puede ejercer un poder sobre el "hombre necesitado". Lo sabe. Ése es su poder. Su parcela para el abuso (¿también sobre mí?).
Mi hermano es de mi padre y yo soy de mi madre. Yo soy de mi madre. Mi madre me convierte en un "hombre necesitado", me define por una carencia, por una deficiencia. Yo no tengo esa carencia, pero a fuerza de apretar, voy y me creo lo contrario. Es curioso no tener algo que no existe y que algo (alguien) se esfuerce en que lo adquieras. Yo no tengo esa carencia, pero me esfuerzo en actuar como si la tuviera. Yo soy mi madre y mi padre inventado por ella.
Me doy cuenta de que amo a alguien cinco años menor que yo. Así como mi madre se casó con alguien cinco años menor que ella. Me da miedo pensar que tal vez fuerce a esta persona a ser débil, a buscarle una carencia. Me da miedo pensar que abuso de mi invalidez heredada. Me da miedo ser hiper-presente.
Mi madre siempre encima. Mi madre siempre encima. Mi madre siempre encima. Mi madre siempre presente. Mi madre muerta. Sus cenizas están en casa. Están de verdad, sobre una repisa en la alcoba de mis padres. Sus cenizas operan por ella. Operan sobre mí. Desde esa urna. En realidad es un bote, una lata. Pero lo llaman "urna". Se opera mejor desde una urna que desde un bote. Se rige mejor desde un trono enjoyado que desde una silla plegable. Desde ahí, mi madre se empeña en dirigir mis pasos hacia donde ella dirigía los suyos, pero yo me resisto. Aunque no siempre soy capaz de conseguir zafarme de ella.
Me esfuerzo en estar siempre presente, en dominar, en imponer mi presencia sobre todas las cosas. Me enfermo al esperar una llamada. Me hundo creyendo que desaparezco. Me muestro débil para mostrarme más. Me muestro deshecho para ser más atendido.
Pero ahora busco un remedio. Busco la curación a este decálogo de la esquizofrenia:
«Eres un mentiroso.»
«Todo lo tiras. Eres un torpe.»
«Todo lo pierdes.»
«Necesitas ayuda. Solo nunca podrás.»
«Eres desordenado.»
«No chilles.»
«No te quejes.»
«Qué bonito eso que has hecho.»
«No haces nada a derechas.»
«¡Quéjate sin cesar!»
«Todavía eres lo primero que pienso al despertar por las mañanas. Pienso en ti y, en algún punto hay un deje de resentimiento, un "¿porqué me has hecho esto?", pero hay algo mucho más grande que grita más que eso, y es: "¿porqué te has hecho esto?". Yo te quiero, tardé en decírtelo mucho tiempo. No quería mentir. No quería banalizarlo. Pensaba que tú también te querías.»
«Pero ya no entiendo nada.»
«Empiezo hoy este viaje a ninguna parte solo. Sin ti. Eso me entristece y no sabes hasta qué punto. Tu silencio no es despreciativo, lo sé. Y aún me entristezco más. Me tiembla el pulso, me tiemblan los ojos, me tiembla la lengua. Me siento tan débil que no sé si llegaré entero a la estación. Me cuesta comer. Me cuesta resistir el impulso febril de llamarte. Ayer lo hice a la 01:30 de la noche. Volvías a no estar. Me desespero.»
«Perdóname mis insistencias. Perdónamelo todo. Perdóname la imperfección que anida en mi entraña. Perdóname por quererte suavemente, por estorbar tu vida reclamando mi presencia sólida en ella.»
«Perdóname por seguir imaginándote en el centro de mi vida sin pedirte permiso, por emborracharme de tu imagen. Et dimite nobis debita nostra sicut et nos dimitimus debitoribus nostræ. Y mis tripas revueltas y mis piernas revueltas y mi cabeza revuelta y mi soledad revuelta. Perdóname por querer recuperarte, por osar reconducirte a la puerta de mi casa y por dejarla abierta, a ver si volvías.»
«Pero no estás. Desapareces y, como un fantasma, te manifiestas cuando menos me lo espero.»
«Asientos rotos y gastados en un tren viejo.»
«Los cables cortados en un poste obsoleto.»
«Las cáscaras de las avellanas sobre el mostrador de la anacrónica cafetería del tren. Las cáscaras de las avellanas que un hijo de puta ha dejado ahí tiradas.»
«La mirada perdida, la boca moviéndose sin decir nada y la cabeza diciendo "que no, que no": un viejo.»
«Tu presencia en grietas inusitadas de mi cuerpo. En rendijas insospechadas del mundo.»
«La imagen de tu ano abriéndose ante mis narices y mi lengua explorando cada rincón adentro, adentro.»
«Mis manos repasando al tacto, por tus caderas y su cintura, esas estrías que tanto odias.»
«Tus incomparables besos. Húmedos, intensos. Besos que son como agujeros negros. Besos de los que no se puede escapar.»
«Recuerdo tu cabeza sembrada de gotas de sudor y mis manos empapándose de ellas, recogen ese rocío supurado. Recuerdo que también mojaba mis labios en él.»
«Recuerdo tus ojos penetrando en lo más hondo de mis ojos como cuchillos hendiendo en bolas de manteca mientras un cuerpo rozaba contra el otro.»
«Recuerdo cómo me arrancaste un "te quiero" sepultado bajo el manto lúgubre de mi carne, incrustado en la materia de mis huesos. Y recuerdo que me sentí como un niño al notar el vacío de aire fresco que dejó tras de sí: sentí las garras de tus manos penetrar mi cuerpo rasgando esa membrana reseca, bruñida al sol y al tiempo, que es mi piel. Sentí la raíz del "te quiero" adherida a mis entrañas y tu mano tirando de esa raíz y la raíz incrustada tiraba de mi carne, mordía mis vísceras para no salir, y tu mano agarraba fuerte y venciendo, lo arrancó de cuajo para expulsarlo por mi garganta con el grito espeluznante del goce extático del dolor.»
«El sonido de tu voz está inserto en lo más profundo de mi memoria. El sonido de tu placer.»
«El sonido de tu voz resonando por los rincones de mi sexo. Resonando por los rincones del sexo que habita en mi cabeza.»
«El sonido de tu boca. El eco de tus gemidos en el aire que respiro. La tristeza infinita de saber que tu risa ya no volverá a resonar en el fino espacio de tu piel contra la mía.»
«En la casa de mi padre las ventanas eran las mismas ventanas porque la casa era la misma casa.»
«En la casa de mi padre el ritmo de los péndulos de los tres relojes de cuco se organizaba con la misma sincronía con la que se organizaban los péndulos hacía años porque se trataba de los mismos relojes.»
«En la casa de mi padre la fina capa de polvo sobre los objetos de las estanterías enturbiaba el reflejo de la luz con la misma forma con que lo había hecho antes porque se trataba de los mismos objetos, de la misma luz incidiendo de la misma manera.»
«Sólo podía pensar una forma para todo aquello: para esas paredes, 'ara esas erosiones, para los sonidos: todo era un monstruoso nido podrido.»
A los autores, a las autoras:
No me explico cómo de trece textos teatrales, no haya habido ninguno que haya hecho el menor movimiento giratorio necesario para remover un ápice de conciencia. No me explico cómo más de una docena de autores vivos habéis vuelto a escribir la misma obra una y otra vez. La misma de siempre. La misma obra cada uno. La misma mierda entre todos. No me explico cómo de los trece textos, apenas dos sí eran una comedia entre ambos. No me explico cómo la vanidad pudo hacer salir tamañas bobadas por vuestras plumas. Por nuestras bocas.
Mi cobardía me impide firmar esto que escribo. Mi cobardía me hace fuerte para deciros lo que pienso. Mi fuerza es mi cobardía. Vuestra arrogancia es vuestra flaqueza. La horrenda arrogancia con que os abanderáis, creyendo que así estáis en la vanguardia, en el frente. Creyendo que la vanguardia es un don, una virtud. Sois los virtuosos. Los virtuosos del frente. Pero vuestra lengua va por detrás, muy por detrás. Vuestro delirio mesiánico sobre esos grandes temas, esos temas gigantes que os van enormes, hace que vuestro esfuerzo para escribir sobre ellos sea ridículo. Os encanta escribir, sois escritores, sois escritoras. Los autores. No sois nada. Me da miedo un escritor que pretende vivir de su escritura. Me da pánico. La venta barata de vuestras tesis pudre vuestra conciencia. A cambio de medio kilo de manteca para engordar vuestros egos mórbidos nos dais basura para seguir donde estamos, toneladas de detrito para sepultarnos en el hoyo de la inmundicia moral, esto es: en el estercolero. ¡Sois los autores contemporáneos! ¡Sois las autoras de vanguardia! ¿Y eso a mí de qué me sirve? Responded a mi pregunta: ¿DE QUÉ ME SIRVE? Maldita sea la vanguardia. Maldito sea el día en que empecé a escribir. Creéis que ignoro vuestro esfuerzo. Lo creéis sin duda alguna. Sin preguntaros siquiera si vale la pena, si el sudor vale la pena. Escribís con pedazos de periódico, con retazos de telediarios, con las pupilas secas de chupar y chupar tele. Y luego me soltáis toda esa mierda para que me crea mejor persona en mi cómoda butaca. Casi tan mejor como vosotros. Casi tan buena como vosotras. Y así seguís escribiendo un teatro complaciente, burgués, con dilemas éticos de trampantojo. Y ni siquiera sabéis lo que eso significa. No sé cómo podéis llamaros escritores sin tener siquiera el bulbo de un tumor creciendo en cualquier sitio. Qué vergüenza. No me explico cómo cabe tanta autocomplacencia y tanta vanidad en un lugar tan pequeño como el cráneo de un ser humano, que es igual al cráneo de otro ser humano. Qué vergüenza. Y el tontainas de G. sólo lo usa para peinarse. Para peinarse la cabeza como se peina los bíceps.
Es preocupante. Es muy preocupante, de verdad. Y vosotros sois la avanzadilla... Menuda mierda nos espera, camaradas. Entre eso y la cuchilla en el cuello, como decía el Lobo Hesse, no queda nada. Asistir a vuestros rituales de endiosamiento, a los que tenéis la desvergüenza de llamar teatro, es más: Teatro Alternativo (y qué bien os sientan las mayúsculas), es morir en vida. Es sentir y corroborar en la propia piel, que se agrieta de tan seca, cómo con cada réplica nos hundís más y más en el lodo infame de la vanidad. La cosa está peor que cuando Valle vomitó Luces de Bohemia en el parto más lúcido y doloroso de las letras de España, que cuando Brecht nos regaló su Santa Juana, entre heces asquerosas y placentas podridas, el mundo huele peor que cuando Charlie Rivel aullaba a la luna por no poder subir a una silla, el trono del payaso; peor que cuando a Pasolini lo asesinaron. Peor que eso. Pero ya nadie se acuerda de ellos. Los verdugos acaban por olvidar a sus víctimas. Es una cuestión de supervivencia. Claro. El fuerte olvida al débil.
Os ruego piedad, es mi consejo: dejad de escribir, dejadlo todo y tomad una jeringuilla, llenadla de heroína, de polvo, llenad la maldita chuta de polvo ocre. Una jeringuilla cada día. Cada día. Y cuando el polvo haya espesado vuestra sangre, cuando no circule más que cieno por vuestras venas y el dolor sea monstruosamente mayor que el deseo y el deseo por más polvo se vuelva espeluznante, atroz, entonces tirad la aguja y tomad la pluma en vuestras manos. Sólo así. ¿De qué ha servido Sylvia Plath? ¿De qué ha servido Unamuno? ¿Carver? ¿Gloria Fuertes? ¿Panero? ¿De qué os sirve vivir en esa escritura olímpica si escupís a la cara de los grandes pretendiéndoles como una caterva de fulanas en mitad de la calle? Cáfila necia y ruda… Os pierde estructurar: estructuras límpidas, cristalinas, que se note que habéis pagado millones de culos muertos a cambio del lenguaje poderoso. Os encanta parlotear: palabras grandiosas, palabras-trampa, palabras esdrújulas y enigmáticas y con muchas consonantes y sílabas. Os excita el argumento: tramas complejas, historias secundarias, soluciones brillantes, eso os hace grandes. ¡Oh, Grandes Maestros! Pues me cago en todo ello. Olvidad lo que habéis aprendido, lo que os han enseñado y escribid sobre lo que sabéis, ¡sobre lo cara que es una barra de pan, joder! Sobre el hollín del cielo que nos cubre, sobre la fibrosis quística de los mineros, sobre las vísceras de José Luís Cerveto. Escribid para mí, joder, escribid para vuestra vecina, para José María Aznar, para Yola Berrocal, para Matías Prats, para Marc Bou, para Juan Español Español, para el fan de Beckham. Para vuestro abuelo. Pero sobretodo, SOBRETODO: dejad de escribir para vosotros y los vuestros. Basta de autocomplacencia, por favor. Vosotros ya tenéis la lección aprendida, no os la contéis otra vez para que veamos lo lucientes que sois. Os lo pido por favor. Escribid, sí, pero no hagáis literatura. Abandonad la literatura. La literatura es burguesa, nos la enseñan en sus monstruosos centros de adoctrinamiento. Nos rebozan el cerebro en la arena de sus grandiosidades. ¡Y qué nostalgia de Imperio Romano pulula por las escuelas, hostias!
Vuestra soberbia hace relucir vuestros nombres en las flamantes portadas de vuestros panfletos burgueses de media tarde con café y pastas. Para eso se inventó la palabra pasquín. Menudo asco. Y así, insultando vuestra estirpe, ¿cómo puedo pretender que me hagáis caso alguno? Mejor os dejo en paz, mejor me escondo de nuevo. Mejor os mato. Mejor me muero. Me muero mal. Me muero viejo antes de hora.
Las babosas de la infamia me comen el cerebro a bocados.
Esto es el principio del fin.
Las ideas recurrentes y asediantes de suicidio, de muerte están ahí, insidiosas, mortificantes.
La nada es lacerante, disolvente. De un modo doloroso e intolerable.
¿Qué hacer si no lo soporto?
Estoy hecho para el dolor, para servirle de alimento; para engrandecer el dolor.
No soy, no soy, no soy, no soy.
La cantinela se repite en mi cabeza sin que pueda detenerla, sin que pueda interrumpirla.
Los demonios me visitan y me torturan.
Me he hecho pasar por un chavalín de 19 años y me he masturbado con un tipo de cincuenta y largos por teléfono.
Yo le llamo papá. Él me llama hijo.
Y me pregunto: ¿Qué persigo yo con todo eso, con toda esta mierda? ¿La sempiterna e inalcanzable aprobación paterna? ¿Experimentar?
¿El qué? ¿La noción del incesto?
A mi padre, mi padre cibernético, le pido que me trate mal, que me trate como una fulana, como un desperdicio, que abuse de mí.
Todo es mentira. La paja termina y me siento mal, desolado, vacío y nocivo.
Nunca hubo nadie tan vacío ni tan nocivo.
Solo, en casa, ensayo la mejor manera de caer al suelo. También me lanzo contra las paredes, imaginando que mi cabeza estalla con el choque, como si el muro fuera el suelo, como si me dejara caer sobre la pared.
Busco gente en chats, en páginas de contactos. No sé para qué: me avergüenzo tanto de mí mismo que nunca llego a quedar. Nunca llego a presentarme ante nadie.
Escribo para perderme en mí mismo. Es la baba de la egolatría. En el fondo me adoro, me adulo, me rindo homenaje. El homenaje del enfermo, la adoración de la mierda. Mi cabeza está llena de mierda, de deshecho, del desperdicio. Apenas me queda piel en los dedos de tanto morderme, de tanto odiarme.
Es posible —me digo una y otra vez— que si lo escribo, si lo escribo todo, puede que si escribo todo esto me salve. Si lo escupo violentamente, con la misma violencia con que me golpea, me curaré.
Pero algo me dice que es mentira, que será al contrario, que escribirlo lo hará fuerte, lo hará crecer y finalmente me devorará.
Tal vez sea cierto.
Al menos de una u otra manera todo acabará, estoy harto de todo esto. Odio a la gente, odio al mundo, y no me conformo, no me resigno: peleo. Pero lo hago de la peor manera posible. Lo sé.
Pero no conozco otra manera.
Si pudiera generar algo de luz, algo de claridad. Pero sólo creo oscuridad, muerte, podredumbre. Todo cuanto miro se vuelve negro, fétido, muerto. Todo se descompone más rápido cuando lo miro yo.
Tengo hambre. Señal de que aún estoy vivo.
Mierda.
Círculos y cruces, círculos y cruces. La estupidez es un círculo que se agranda. El centro está en todas partes. Las constelaciones de la idiotez podrían ser previstas con un mínimo de antelación. Esto va a ser un desastre si no me calmo. Círculos, cruces, círculos, cruces.
Más círculos, más cruces, más gente por conocer, más mierda por tragar. El terror está penetrando en mí por el esternón, el plexo solar. Yo ya soy así.
Necesito redimirme cada día, necesito una paliza cada día. Triturarme, disolverme.
El deseo de corrosión es ahora más poderoso que la pulsión de supervivencia.
He tenido un sueño esta noche. No lo recuerdo bien. Tal vez:
Los pies desnudos, las uñas podridas sobre la mierda, hundiéndose en estiércol. La cabeza alta, el mentón apuntando hacia el cielo y el meñique disparado bebiendo café. Con orgullo. Asco.
Callar. Callar. Callar.
Tengo miedo de escribir según qué cosas por el miedo al conjuro. A la profecía. Debería empezar a atreverme. Sí. Mi muerte es sacrificial. Tal vez inmolarse. Como si algo fuera a ser restituido a cambio de mi dolor. Ese es el delirio mesiánico en su inicio. Mi muerte es insidiosa y será perfecta. La vengo diseñando desde hace tiempo con gran minuciosidad para que sea lo más provechosa posible. Todas las veces que he muerto han sido preparaciones, ensayos (o mejor: repeticiones) de otra muerte mejor y definitiva.
Un perro me destroza el hígado. Es un dolor insoportable, una tristeza infinita. Sería capaz de engendrar un hijo sólo por el dolor de verlo nacer muerto. Sí, es eso: vengo a este lugar para engendrar mis hijos muertos y así seguir llorando. Si esto no me convierte en un monstruo, es que no existe el bien (y por ende no existe el mal).
El perro ahora anda suelto. Su herida aún está abierta en mi carne que sangra lodo. Es posible que vuelva pronto. Es posible que me visite en sueños. Es posible que mi carne lo alimente sólo a él. A veces deseo que me devore del todo, que no deje ni los huesos, y también me pregunto qué me da a cambio. ¿O acaso se trata sólo de darle a él?
Me vuelvo a sentir peor, vuelvo a tener miedo, vuelvo a avergonzarme, a querer morir.
Ser devorado por el perro o estar combatiendo con él. Junto a él. Lo he visto este mediodía. Ante mí. Era un perro terrible. Me miraba fijamente, como si esperara algo de mí, un gesto (¿amistoso? ¿amenazador?), una prueba (¿de fidelidad? ¿de sumisión?).
Ahora más que nunca antes me sé indigno, sucio. Me concibo un error. No sólo innecesario, sino nocivo. Abrazo la nada como si pudiera disolverme. Tantas son las ganas que tengo de desaparecer de una vez por todas. No puedo hacer nada para mitigar esta sensación monstruosa que me convierte en algo completamente indeseable. Yo soy el desperdicio pensante, el objetivo a eliminar.
Me debilito. A lo largo de todos estos años me he debilitado a marchas forzadas. Allí donde otros encuentran fortaleza, yo me desmorono, y ese desmoronarse sé que llegará un putno en que me vencerá.
Me siento completamente absorbido por todas estas ideas desde que me despierto por la mañana hasta que me acuesto por la noche. Sé que no me llevan a ningún sitio, pero me asedian las ideas, me persiguen. De algún modo siento que no voy a poder deshacerme de ellas, que llevo una tara en mis entrañas, un defecto grotesco que me convierte en un monstruo ridículo.
El error parte de mí, estoy seguro: anida en mí. Soy yo el que no transije, el que no cede. Debería doblegarme, someterme al error.
Mi cuerpo lava la sangre
de un perro podrido que habita
incrustado en mis entrañas.
y sus colmillos tensos, acerados,
como espinas de un cristo
negro y enfermo
se me clavan en el hígado
y mis aullidos vacíos
de cualquier sonido
se derraman sordos por mi boca.
Como si mi garganta fuera de madera,
como si mi garganta fuera un nido de termitas.